¿En qué creemos?

DIOS UNO Y TRINO

Tres

Hay un solo Dios vivo y verdadero, eterno, de infinito poder, sabiduría y bondad; creador y
conservador de todas las cosas, así visibles como invisibles. Afirmamos que en la unidad de
la Deidad hay tres personas, de una misma substancia poder y eternidad: el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo. Las tres personas son claramente distinguibles por sus operaciones, y al
mismo tiempo inconfundibles e indivisibles en la unidad del Ser. Por lo tanto, hay un solo
Dios (Deuteronomio 6:4; Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14; 1 Pedro 1:2; Lucas 1:30-35;
Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Mateo 17:1ss; Marcos 9:1-12; Lucas 9:28-39; Juan
14:16,26).

Verbo

El Hijo, que es el Verbo o Palabra del Padre, verdadero y eterno Dios, de una misma
substancia con el Padre, tomó la naturaleza humana mediante el nacimiento virginal; de
manera que dos naturalezas enteras y perfectas, a saber, la deidad y la humanidad, se
unieron en una sola persona, para jamás ser separadas, de lo que resultó un solo Cristo,
verdadero Dios y verdadero Hombre, que realmente padeció, fue crucificado, muerto y
sepultado, para reconciliar a su Padre con nosotros, y para ser un sacrificio, no solamente
por la culpa original, sino también por los pecados actuales de los hombres (Génesis 1:1,26;
Deuteronomio 18:15,18; Juan 1:1; 8:58; 10:30; 20:28; Mateo 16:16; Romanos 9:5;
Filipenses 2:5-11; Colosenses 2:9; Gálatas 4:4; Romanos 1:4; 1 Corintios 15:3-4).

Resurrección

Cristo verdaderamente resucitó de entre los muertos, volvió a tomar su cuerpo, ahora
glorificado, con todo lo perteneciente a la integridad de la naturaleza humana, con lo cual
subió al cielo; y allí está sentado a la diestra del Padre intercediendo por nosotros hasta que
vuelva para juzgar a todos los hombres en el postrer día (Salmo 16:10; Marcos 16:1-8;
Mateo 28:1-10; Lucas 24:1-49; Juan 20:1-29; Hechos 2:22-36; Romanos 10:9; 1 Corintios
15:3-4; Romanos 1:4).

Espíritu Santo

El Espíritu Santo, tercera persona de la santísima Trinidad, que procede del Padre y del
Hijo, es de una misma substancia, majestad y gloria con el Padre y con el Hijo, verdadero y
eterno Dios. De lo anterior se afirma también que el Espíritu Santo no es creado, ni hecho,
ni engendrado, sino procedente (Génesis 1:2; Isaías 32:15; Juan 14:16,26; 15:26; Gálatas
4:6).

El Espíritu Santo, en nombre de Cristo, actúa con poder regenerador, creando una vida
nueva en el convertido, y acompañándole con el mismo gozo y virtud de Pentecostés,
reconocido también como bautismo del Espíritu Santo. El bautismo del Espíritu Santo recae
sobre el creyente como una gracia de Dios disponible para todos quienes hayan sido
limpiados y santificados en la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Este revestimiento de
poder suministra fuerza para testificar el nombre de Cristo y cumplir la Gran Comisión.
(Joel 3:1-5; Hechos 2:1-4; 1 Corintios 3:16; Romanos 8:9; Gálatas 5:16)

LAS SAGRADAS ESCRITURAS

Suficiente

Solamente reconocemos sesenta y seis libros inspirados, los que son Palabra de Dios. Estas
Sagradas Escrituras contienen todas las cosas necesarias para la salvación; de modo que no
debe exigirse que hombre alguno reciba como articulo de fe, considere como requisito
necesario para la salvación, nada que en ellas no se lea ni pueda por ellas probarse. Bajo el
nombre de Sagradas Escrituras comprendemos aquellos libros canónicos del Antiguo y del
Nuevo Testamento, de cuya autoridad nunca hubo duda alguna en la Iglesia (Salmo 119; 2
Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:21; Hebreos 1:1-2).
Los nombres de los libros canónicos son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números,
Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, el Primer Libro de Samuel, el Segundo Libro de Samuel,
el Primer Libro de los Reyes, el Segundo Libro de los Reyes, el Primer Libro de las
Crónicas, el Segundo Libro de las Crónicas, el Libro de Esdras, el Libro de Nehemías, el
Libro de Ester, el Libro de Job, los Salmos, los Proverbios, El Eclesiastés o El Predicador,
el Cantar de los Cantares de Sa1omón, los Cuatro Profetas Mayores y los Doce Profetas
Menores. Todos los veinte y siete libros del Nuevo Testamento que son generalmente
aceptados: Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Hechos, Romanos, Primera de Corintios, Segunda
de Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, Primera de Tesalonicenses, Segunda
de Tesalonicenses, Primera de Timoteo, Segunda de Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos,
Santiago, Primera de Pedro, Segunda de Pedro, Primera de Juan, Segunda de Juan, Tercera
de Juan, Judas, Apocalipsis. Todos éstos los recibimos y tenemos como canónicos.

Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento no es contrario al Nuevo Testamento, puesto que en ambos,
Antiguo y Nuevo, se ofrece la vida eterna al género humano por Cristo, único Mediador
entre Dios y el hombre, siendo que Él es Dios y Hombre. Por lo cual no deben ser
escuchados los que pretenden que los antiguos patriarcas tenían su esperanza puesta tan
solo en promesas transitorias. Aunque la ley que Dios dio por medio de Moisés, en cuanto
se refiere a ceremonias y ritos, no obliga a los cristianos ni deben sus preceptos civiles
recibirse necesariamente en ningún estado; sin embargo, no hay cristiano alguno que quede
exento de la obediencia a los mandatos que se llaman morales (Hebreos 1:1-2; Lucas 24:25-
27; Juan 1:17).

LA SALVACIÓN

Nacimiento

Desde antiguo la Iglesia ha creído que Adán cometió el primer pecado, lo que trajo consigo
la muerte y la separación de Dios. Este primer pecado de Adán, llamado pecado original,
fue traspasado a todos los hombres por cuanto todos hemos pecado a la manera de Adán.
Esto ha hecho que todos seamos herederos y portadores del pecado original desde nuestro
nacimiento; y ningún ser humano está exceptuado de este horrible mal. En consecuencia,
nacemos en pecado.
Pero el pecado original no consiste (como falsamente aseveraban los antiguos herejes
pelagianos) en la imitación de Adán, como si cada uno de nosotros naciese sin pecado,
igual que Adán al principio, antes de caer, y que luego cada uno haya decidido por su pura
libertad cometer su propio pecado original. Antes bien, nosotros afirmamos que el pecado
original es la corrupción de la naturaleza de todo hombre engendrado, desde que nace, en el
orden natural de la estirpe de Adán. Todos nacemos en pecado; por lo cual el hombre está
muy apartado de la justicia original desde que nace, y por su misma naturaleza se inclina al
mal, y esto continuamente. Desde Adán, ningún ser humano ha nacido sin pecado original,
salvo Jesucristo hombre (Génesis 2-3; luego, el pecado fue traspasado a todos los hombres:
Génesis 4:1ss; 6-7; 11:1-9; Romanos 5:12).

Libre Albedrío

La condición del hombre después de la caída de Adán es tal que no puede volverse ni
prepararse a sí mismo por su fuerza natural y propias obras, para ejercer la fe e invocar a
Dios; por tanto, como somos pecadores, no tenemos poder para hacer obras buenas,
agradables y aceptas a Dios, sin que la gracia de Dios por Cristo nos capacite para que
tengamos buena voluntad, y coopere con nosotros cuando tuviéremos tal buena voluntad.
En ese caso, el hombre salvado puede actuar solo si por medio de la gracia de Dios es
tocado y movido por el Espíritu Santo. Las acciones justas y pías del hombre solamente son
posibles como resultado de la acción de la gracia de Dios en él. El resto de sus actos, fuera
de la gracia de Dios, es decir, cuando el hombre aún está en la condición de perdido, por
libres que parezcan no son más que fruto estéril y pecaminoso. Si el hombre recibe a Cristo
como su salvador, es porque la gracia de Dios así lo quiso (Ezequiel 36:26-27; Tito 3:4-5;
Juan 8:34-36; 15:5,16; Romanos 7:7-25).

Justificación

Se nos tiene por justos delante de Dios sólo por los méritos de nuestro Señor y Salvador
Jesucristo, por la fe, y no por nuestras propias obras o merecimientos. Por tanto, la doctrina
de que somos justificados solamente por la fe es una afirmación bíblica insustituible, bien
saludable y muy llena de consuelo (Romanos 1:16-17; 3:22; 5:1-2; Filipenses 3:4-9).
Por la justificación el hombre que era pecador ahora es declarado justo por la gracia de
Dios y la fe en Jesucristo. Nuestras culpas no nos son más contadas porque hemos sido
redimidos, regenerados y santificados, obteniendo la reconciliación con nuestro Padre celestial. Ahora conocemos que somos hijos de Dios y tenemos entrada en su gloria
(Efesios 1:7; Juan 3:3-8; Romanos 1:7; Hebreos 9:12,14).

Buenas Obras

Aunque las buenas obras, que son fruto de la fe y consiguientes a la justificación, no
pueden librarnos de nuestros pecados, ni soportar la severidad de los juicios de Dios, son,
sin embargo, agradables y aceptas a Dios en Cristo y nacen de una fe verdadera y viva de
manera que por ellas puede conocerse la fe viva tan evidentemente como se conocería el
árbol por su fruto (Efesios 2:10; Santiago 2:14-26).

Obras de Supererogación

Una “erogación” es una ofrenda, un tributo. Una “supererogación” es una ofrenda que va
más allá de lo que se espera. Las obras de supererogación son bien vistas por Dios, pero
debemos realizarlas con humildad porque no nos salvan ni maravillarán al Señor.
Las obras voluntarias ejecutadas aparte o en exceso de los mandamientos de Dios llamadas
obras de supererogación, no pueden enseñarse con arrogancia e impiedad, pues por ellas
declaran los hombres que no solo rinden a Dios todo lo que es de su obligación, sino que
por amor a él hacen aun más de lo que en rigor les exige el deber, siendo así que Cristo dice
explícitamente: “Cuando hubiereis hecho todo lo que os es mandado, decid: Siervos inútiles
somos” (Lucas 17:10).

Arrepentimiento

No todo pecado voluntariamente cometido después de la justificación es pecado contra el
Espíritu Santo, e imperdonable. Por lo cual, a los que han caído en el pecado después de su
justificación no se les debe negar el privilegio del arrepentimiento. Después de haber
recibido al Espíritu Santo, podemos apartarnos de la gracia concedida y caer en el pecado y,
por la gracia de Dios, levantarnos de nuevo y enmendar nuestra vida. Por lo tanto, son de
condenar los que dicen que ya no pueden pecar más mientras vivan, o que niegan a los
verdaderamente arrepentidos la posibilidad del perdón (Santiago 1:12-15; 1 Juan 2:1).

LA IGLESIA

Iglesia

La Iglesia visible de Cristo es una congregación de fieles en la cual se predica la Palabra
pura de Dios, y se administran debidamente los sacramentos, conforme a la institución de
Cristo, en todo aquello que forma parte necesaria y esencial de los mismos.
La Iglesia en su esencia es una porque una sola Iglesia dejó establecida nuestro Señor
Jesucristo; es santa porque él lavó con su sangre y la santificó como su pueblo apartado del
mundo; es apostólica porque sigue la doctrina contenida en el Nuevo Testamento, la que
predicaron los hombres directamente llamados por Cristo; y es universal en tanto se
extiende a todas partes, acogiendo en su seno a hombres y mujeres llamados a ser parte de su cuerpo sin distinción alguna (Éxodo 12:16; Levítico 23:3; Deuteronomio 14:2; Mateo
16:18; Hechos 20:28; Romanos 12:4-5; 1 Corintios 1:2; 15:9; ).

Últimas Cosas

La Iglesia cree en la resurrección de los muertos, en el arrebatamiento premilenial, y en la
Segunda Venida de Cristo a la tierra en gloria y majestad para juzgar a los vivos y a los
muertos. La primera resurrección significa que los justos en Cristo, que un día murieron,
volverán a la vida cuando sean levantados de sus sepulcros en el arrebatamiento de la
Iglesia, uniéndose a los creyentes vivos en el cielo para ser todos transformados. Para esto
Cristo resucitó, para que todos los redimidos también resucitemos y reinemos con él (1
Tesalonicenses 4:13-17; Apocalipsis 3:10-11; Lucas 12:35-46).
Habrá dos etapas de la Segunda Venida de Cristo: la primera, llamada arrebatamiento, con
el propósito de tomar a sus escogidos que estén preparados, antes de la gran tribulación; y
la segunda al final de la gran tribulación cuando él venga con sus santos para destruir al
ejército del anticristo, para juzgar a las naciones y para inaugurar el reino milenial
(Apocalipsis 6-19; Daniel 9:27; Apocalipsis 19:11-21; 20:4; Mateo 24:29-31; Apocalipsis
20:1-6).
Una vez acabado el reino milenial, Satanás, la bestia y el falso profeta serán echados al lago
de fuego y azufre para sufrir eternamente. Al final de los tiempos ocurrirá la segunda
resurrección destinada para los impíos y pecadores que serán levantados en aquel día para
comparecer y ser condenados ante el trono blanco (Apocalipsis 20:7-15; 21:8; Daniel 12:2;
2 Pedro 3:7-13; Apocalipsis 21:1).

Sacramentos

Los sacramentos instituidos por Cristo son no sólo señales o signos de la profesión de fe de
los cristianos, sino más bien testimonios seguros de la gracia y buena voluntad de Dios para
con nosotros, por los cuales obra Él en nosotros invisiblemente, y no solo aviva nuestra fe
en Él, sino que también la fortalece y confirma. Los sacramentos instituidos por Cristo,
nuestro Señor, en el Evangelio, son dos, a saber: el Bautismo y la Santa Cena del Señor.
Sobre su uso en la Iglesia, sólo en aquellos que los reciben dignamente producen efecto
saludable, mientras que los que indignamente los reciben, adquieren para sí –como dice San
Pablo– condenación (1 Corintios 11:29).

Bautismo

El Bautismo no es solamente signo de profesión y nota distintiva, por la cual se distinguen
los cristianos de los no bautizados, sino también signo de la regeneración o renacimiento.
El bautismo de los párvulos y de adultos deben conservarse en la Iglesia.
La Iglesia afirma junto con el apóstol Pablo que el bautismo es símbolo de la identificación
del cristiano con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Este bautismo la Iglesia lo practica por aspersión o rociamiento, tal como Israel fue bautizado en la nube (1 Corintios
10:1-2)

Santa Cena

La Santa Cena del Señor no es solamente signo del amor que deben tenerse entre sí los
cristianos, sino más bien sacramento de nuestra redención por la muerte de Cristo; de modo
que, para los que digna y debidamente y con fe reciben estos elementos el pan que partimos
es una participación del cuerpo de Cristo, y asimismo la copa de bendición es una
participación de la sangre de Cristo. Todos los cristianos deben recibir la Santa Cena del
Señor en ambas especies de pan y vino.
El cuerpo de Cristo se da, se toma y se come en la Cena sólo de un modo celestial y
espiritual. Y el medio por el cual el cuerpo de Cristo se recibe y se come en la Cena es por
la fe. Obedecemos y participamos de la Santa Cena del Señor para hacer memoria de la
muerte de Cristo y para anunciar su Venida (1 Corintios 11:26).

Ofrenda de Cristo

La oblación (ofrenda) de Cristo, una vez hecha, es la perfecta redención, propiciación y
satisfacción por todos los pecados de todo el mundo, originales y actuales; y no hay otra
satisfacción por el pecado, sino esta únicamente. En consecuencia, el sacramento de la
Santa Cena del Señor no pretende sustituir el sacrificio de Cristo que fue efectuado una sola
vez y para siempre. Ninguna otra ofrenda que de nosotros resultara como iniciativa
personal, tendría mérito para darnos lo que solamente la obra de Cristo puede dar eterna y
definitivamente (Hebreos 9:11-12,23-28).

Ritos y Ceremonias

Los ritos y ceremonias de la Iglesia se deben observar de acuerdo al criterio que la misma
Iglesia ha establecido a través de los años, mediante el fundamento bíblico, doctrinal e
histórico debidos. Pero también se deben entender y practicar según la diversidad de los
países, tiempos y costumbres de los hombres, siempre y cuando nada de aquello se
establezca como contrario a la Palabra de Dios. Cualquiera que según su juicio privado y
voluntariamente quebrantare públicamente los ritos y ceremonias de la Iglesia a que
pertenece, y que son basados en la Palabra de Dios y aprobados por autoridad común, debe
(para que otros teman hacer lo mismo) ser reprendido públicamente como perturbador del
orden de los hermanos débiles de la Iglesia, y como quien hiere las conciencias (1 Corintios
14:15,26,33,40).

Bienes

Las riquezas y los bienes de los cristianos son de los mismos cristianos; por tanto no son
cosas comunes a otras personas en cuanto al derecho, titulo y posesión de los mismos,
como falsamente aseveran algunos para aprovecharse de aquello que no les pertenece. En
ese caso la Iglesia no tiene potestad alguna sobre las riquezas y bienes personales de los
cristianos. Sin embargo, las riquezas y bienes deben ser entendidos como regalos de la misericordia divina. Si se entienden como regalos de Dios, entonces los cristianos deberán
administrarlos sabiamente y con santidad, sabiendo que todo es y proviene de Dios (Salmo
24:10; Hageo 2:8).
En consecuencia, todo hombre y mujer, de lo que posee y según sus facultades, debe dar
con amor y liberalidad a la Iglesia y a los necesitados. Las ofrendas, colectas o erogaciones,
como asimismo los diezmos, son signos de mayordomía cristiana que se deben practicar
voluntariamente y no por fuerza legal alguna que le amenace coercitivamente. Lo único que
debiera mover al cristiano a dar es aquella ley interior y de buena consciencia que nace del
amor, gratitud y obediencia al Señor que así lo ha querido establecer en su Palabra
(Deuteronomio 12:19; Números 18:21-24,31; 1 Corintios 9:6-16; 16:1-4; 2 Corintios 9:5-
8).

Matrimonio

El matrimonio es honroso y Dios lo ha consagrado desde la primera pareja en el Edén. De
esta primera pareja, un hombre y una mujer, tomamos el buen ejemplo de cómo creemos y
aceptamos el orden y conducta del matrimonio querido por Dios. Cualquier otro modelo de
matrimonio, que no esté constituido por un hombre y una mujer, respectivamente, no es
verdaderamente matrimonio, conforme lo establecen las Santas Escrituras, única regla de fe
y conducta a la que nos apegamos por conciencia y convicción (Génesis 1:27-28; 2:18-24;
Efesios 5:25-33; Hebreos 13:4).
La Ley de Dios no manda a los ministros de Cristo hacer voto de celibato, ni abstenerse del
matrimonio; lícito es, pues, para ellos, lo mismo que para los demás cristianos, contraer
matrimonio a su discreción, como juzguen más conducente a la santidad (1 Timoteo 3:2).

¿Alguna duda?

Si luego de leer nuestros Artículos de Fe, tienes alguna duda, te invitamos a escribirnos y nos pondremos en contacto contigo cuanto antes!